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Artículo de Esteban hernández.
EL NUEVO PARADIGMA DEL SECTOR DEL LIBRO
Manuel Gil &Fco. Javier Jiménez
Trama Editorial. 166 páginas.
LA SABIDURÍA DEL EDITOR
Hubert Nyssen
Trama Editorial. 79 páginas.
1. La sabiduría del editor, el texto de Hubert Nyssen, fundador del prestigioso sello francés Actes Sud, añade a la primera tendencia reflexiones penetrantes y tono crepuscular, subrayando que hablar hoy de la edición es constatar su extravío. Lo que pretende Nyssen, con una prosa ajustada que sintetiza la experiencia de una vida, no es otra cosa que definir las reglas de su oficio. En síntesis, el editor:
a. Ayuda al autor a ser sí mismo. Debe construir, a través de sugerencias y preguntas, una suerte de espejo en el que el escritor pueda reflejar su realidad; debe forjar una relación dialéctica a través de la cual el autor sea capaz de “medir la distancia entre lo que cree haber escrito y lo que en realidad escribió, entre sus ambiciones y sus realizaciones” (p.14).
b. Construye relaciones, que sin él difícilmente tendrían lugar, entre el escritor y el autor. El editor es ante todo, un descubridor, siendo esta actividad la principal manifestación de su autoridad (p.21). El editor, para ser tal, no puede limitarse a aprovechar al máximo aquello que le es puesto en las manos; ha de indagar, preguntar y escarbar para después llevar al lector lo hallado. En esa tarea es donde debe mostrar su sabiduría, que no consiste en otra cosa que “adivinar que un texto de menos de cien páginas…puede ser el punto de emergencia de una obra considerable”. 24
c. Establece una relación de complicidad con quienes recorren el mismo camino, participando en la misma conspiración en la que andan sumidos algunos escritores y la mayoría de los lectores, y cuyo fin último consistiría en reivindicar, “frente a los abusos de la precipitación y del poder…. la riqueza de la lentitud y de la inteligencia” (p. 41). La actividad literaria tiene sentido en la medida en que unos y otros encuentran en los libros respuestas a preguntas sobre la existencia (p. 58). Por eso, los descubrimientos del editor que merecen el nombre de tales son aquellos que nos ofrecen nuevas miradas y nuevas contestaciones a una serie de cuestiones siempre latentes.
d. El editor es fundamentalmente, alguien obstinado. Y ese empecinamiento, puesto al servicio de una tarea de resistencia “frente al totalitarismo económico” (p. 52), tiene como objetivo conseguir que se escriban y lleguen al lector esas obras que contienen nanosustancias que, un día u otro, germinarán y darán forma a las emociones y a los pensamientos del ser humano. Eso es la literatura, y la tarea del editor es defenderla.
Este conjunto de acciones, sin embargo, conforma una acepción de editor que no es la predominante. El mundo que Nyssen describe, el contemporáneo, prefiere moverse con otras reglas: así, los autores escriben lo que se esperan que escriban (p.40); y los editores se someten gustosamente a “las leyes amañadas de los índices de audiencia” (p. 41), se comportan servilmente con sus autores de éxito y actúan de puertas afuera como vulgares publicistas (p. 41). A ese huracán Nyssen sólo puede oponer, con notable prosa, la convicción de que el viento está soplando en dirección equivocada.
2. El enfrentamiento descrito por Nyssen es justamente la clase de enfoque que rechazan Manuel Gil y Francisco J. Jiménez, en El nuevo paradigma del sector del libro, un texto que representa fielmente la segunda de las tendencias actuales. Para los autores, los nuevos tiempos han de combatir multitud de resistencias, habitualmente encarnadas en las editoriales tradicionales -“el último dinosaurio en un mundo de cambio acelerado” (.p. 77)-, y las ideas residuales que en ellas todavía dominan. Y una de las más extendidas es esa creencia en que el nuevo suelo trae consecuencias esencialmente negativas.
Para perfilar mejor el futuro, Gil y Jiménez documentan las transformaciones que están aconteciendo en la edición a partir de propósitos pragmáticos; no pretenden reformular el espíritu del oficio sino administrar bien las opciones de las que disponen como parte de las empresas editoriales; no pretenden perfilar los principios generales de la profesión sino encontrar los caminos más beneficiosos. Y, para ese propósito, estas peleas de “mercaderes contra cultos” (p. 9), les resultan irrelevantes, una forma de pensar “maniquea y tendenciosa” (p. 9) que representa a la perfección las zanjas de las que el sector no sabe salir.
Frente a esa perspectiva obsoleta, El nuevo paradigma opta por hacer un repaso de las tendencias que están cambiando la sociedad, de sus expresiones concretas en el mundo del libro y, en especial, de cómo todas ellas están configurando otro terreno de juego para la edición española, siendo su objetivo esencial definir qué acciones y qué estrategias pueden desarrollarse para aprovechar las oportunidades del nuevo mundo.
Sus propuestas, además, resultan plenamente actuales, en tanto están tejidas con los análisis y las convicciones que circulan por el entorno empresarial contemporáneo. Aparecen por aquí, pues, la fragmentación del mercado, la rapidez de los procesos, la centralización, la hiperespecialización y el homo consumens; los nuevos modelos de negocio que trae la red; la necesidad de buscar al público objetivo y de encontrar los cauces comunicativos adecuados; y todo ello, claro está, al servicio del fin último, el crecimiento.
En ese sentido, el libro cumple perfectamente su cometido, en tanto pone de manifiesto la limitada validez de los instrumentos del pasado y formula algunas preguntas pertinentes acerca de conceptos que no suelen ser puestos en cuestión (¿De verdad hay editores independientes? ¿Quiénes son? ¿El precio fijo cumple la función para la que fue creado?). Pero, sobre todo, el texto es útil en la medida en que lanza abundantes propuestas a partir de las cuales comenzar el debate.
El punto débil del libro reside también en la perspectiva que escoge: si bien esa cercanía con el mundo de la sociología y del marketing posibilita pensar algunas estrategias, también les conduce en ocasiones por caminos equivocados, al pretender trasladar de forma mecánica al sector del libro algunos de los lugares comunes de la teoría actual. Así, bien puede decirse que uno de los mayores problemas del texto es que sus autores han leído demasiado a Lipovetsky y a Rushkoff, echando mano de descripciones de los tiempos más ajustadas a la ideología empresarial que a la realidad cotidiana. Se ve especialmente en la creencia en la efectividad de ficciones como el homo consumens, cuya capacidad de dar cuenta de los hechos es tan escasa como la de su predecesor, el homo oeconomicus. Dicho de otro modo, Gil y Jiménez, que pretendían ofrecer un análisis pragmático y realista de la edición, también caen en ese enfoque ideológico que querían criticar. Así, algunas de las convicciones desde las que activan sus propuestas son útiles como material de entretenimiento sociológico, pero apenas responden a esa realidad que pretenden reflejar.
3. No obstante, examinar ambos libros como si representasen posiciones totalmente opuestas es equivocar la perspectiva. En primer lugar, porque cada uno de ellos subraya algo que le falta a la otra parte. Así, el texto de Gil y Jiménez nos señala insistentemente una urgencia: la tarea de poner en pie nuevos instrumentos en el sector es inaplazable, ya que se están dando transformaciones reales que amenazan la supervivencia de muchos de sus operadores. Éstos, además, no se toman en serio la magnitud de los cambios, creyendo que su habitual mezcla de lamentos públicos y formas de actuar tradicionales les volverá a sacar del problema. En ese sentido, El nuevo paradigma… puede servir a la perfección para ayudar a que quienes llevan las de perder en los nuevos tiempos tomen conciencia de dónde están y de cuáles son sus opciones, y puedan así inventar nuevos instrumentos.
Por su parte, el texto de Nyssen es útil en la medida en que nos recuerda que la edición, sin su espíritu, resulta socialmente irrelevante. Porque ¿para qué queremos que el sector crezca si lo hace a través de los best seller vendidos en los hipermercados? Sin duda, se tratará de un planteamiento importante para determinados editores, aquellos que están en disposición de colocar ventajosamente su producto en tales contenedores; al resto del sector, que nunca tendrá esa oportunidad, le resulta un enfoque del todo prescindible. Y más aún al lector, ya que una perspectiva que trate al libro como simple objeto de ocio, coloca a la lectura muy por debajo en su lista de prioridades. Con ese enfoque, que el sector del libro se desarrolle adecuadamente o no le resulta al lector tan trascendental como los problemas de los fabricantes de yogures de fresa.
Por eso, el movimiento más interesante probablemente consista en cruzar ambos textos, lo que nos permitiría pensar estrategias para que aquellos libros que promueven la reflexión, que fomentan la inteligencia y que nos resultan vitalmente importantes puedan incrementar su presencia en nuestras bibliotecas.

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