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Joven o maduro, el editor literario se siente a veces y se pregona siempre investido de una misión de descubridor. Pues, él lo sabe, si confesara no tener más ambición que la de vender bien su mercancía (como hacen tantos hoy), sería simplemente uno de esos vendedores de papel impreso que abastece el grueso de la plantilla en la corporación editorial. En suma, para el editor, el descubrimiento es a la conquista lo que la invención es a la producción: la manifestación de su autoridad, aquello por lo que le son reconocidos el mérito de la revelación y el privilegio de la propiedad. Mediante el descubrimiento, el editor accede a una forma de creación que le pertenece, la de su catálogo. Un lugar, ese catálogo, donde todo recién llegado, al mismo tiempo que es irradiado por el entorno que lo acoge, aporta un poco (y a veces mucho) de su propio barniz. Hay un juego ahí, casi estructuralista, que el editor se esfuerza en regular y, si pudiese, dominar, con el fin de poder decir con Horacio: Exegui monumentum. ¿Monumento? En realidad, sí, su catálogo. (Hubert Nyssen; La sabiduría del editor, pag. 21)

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